< UNICORNIO ( Charm against Kshetrya ) >

Estaba allí; aunque pocos lo hubieran visto en la espesura. Unos decían que era inmortal. Otros, que su semilla era dorada y por lo tanto él era estéril. Que había nacido con un anillo de oro en el miembro y unos surcos rojos como las agallas de un pez. Pero más probable era que algo intentaran olvidar. A Rysasringa, que se estaba quedando ciego, nada de eso le importaba. Junto al río ya se encendían las primera hogueras, y como cada noche desde hacía tantos años, se preparaba para aquella horrible pugna con las sombras.

Sus antepasados salieron de las Montañas de la Luna , en el origen del más largo de los ríos. A él le habían contado que allí los elefantes eran mayores y que nadie hubiera soñado domesticarlos. Un día dejaron de oír de su trompa aquella nota de gloria tan alta que abría el camino del cielo traspasándolo como un surtidor, y en aquel mismo momento comenzó la búsqueda febril del rastro. Al principio fueron todos hacia el norte, pero pronto algunas de las tribus decidieron que era preferible quedarse y afinar mejor el oído, que emprender una fuga absurda más allá de la sabana, donde comenzaban los dominios del desierto. Otras familias optaron por arriesgarse un poco más al amparo del río, y así llegaron hasta la primera catarata - tampoco el fragor de sus espumas tenía nada que ver con el son que habían perdido, ése que no podían menos que reproducir con vergüenza, cuando querían tener noticias de él. Y fue en esa primera catarata donde hombres bien diferentes les hablaron de otro animal más pequeño que a lo mejor se había cobrado en relevo lo que tanto echaban de menos. Al principio les pareció imposible, pero estaban ya tan lejos de su tierra y sospechaban cosas tan ajenas, que todo podía ser. Además, por algo bien sorprendente se tenía que haber escurrido aquella nota que lo había penetrado todo. Tuvieron los primeros combates con hombres extraños, y fueron advertidos de que más al norte se extendían ya ciudades e imperios: estaban ya más cerca de aquel otro animal. De lo que sí estaban seguros era de que en nada se parecía a la huidiza cebra, ni al asno rojo del desierto, como decían aquellos otros burros. Aunque sólo fuera para desmentirlo, había que seguir adelante. Fueron desgajándose clanes, y algunos se alistaron como guerreros mercenarios al servicio de un gran hombre-dios, siempre con sus lanzas y sus escudos de piel de hipopótamo. Allí también reinaba el desconcierto sobre lo que estaba sucediendo con los animales, pero bien merecido que se lo tenían, por pretender imitarlos con absurdos instrumentos y parodias burdas. Incluso los encerraban dentro de figuras y dibujitos alineados. El grupo más numeroso decidió apartarse del río y entraron de lleno en el desierto hasta alcanzar una infranqueable barrera de agua salada. Bordeándola siempre hacia el norte encontraron los primeros ejemplares de ese ser al que llamaban caballo, y a la enorme decepción le sucedieron las violentas disputas intestinas. Cierto que el relincho de aquel animal tenía algo promisorio, pero no eran más que bestias uncidas a carros con el aliento contenido. Fustigados, además; a más de uno mataron por ello, y tuvieron abundantes problemas. A medida que subían lo encontraban todo más revuelto: gente de todos los colores haciendo gala como monos de los atributos de distintos animales, confiados en que eso les serviría de algo para la guerra. A ellos jamás se les hubiera ocurrido ostentar los colmillos del espíritu que los había protegido, ni nada parecido, y por eso cuando tenían que luchar lo hacían con saña y desprecio insuperables, y encima salían bien librados, aunque jamás hubieran sospechado por qué. Desnudos atravesaban ese mundo desquiciado. Más tarde se desviaron hacia levante y hollaron tierras de mucho más crueles reinos e imperios, en los que la cacería humana estaba particularmente bien organizada: pero no pudieron con ellos, que sí cazaron a muchos de aquellos abyectos cazadores, que hasta les ponían alas a los toros y cuernos a los leones. Ya no sabían qué inventar, y así les iba la cosa. Asqueados de esas tierras se abrieron paso hacia las interminables estepas del norte. De los jamelgos que habían visto uncidos por todas partes no merecía la pena ni hablar. Pero allí en las estepas los aires cambiaban, y al menos dejaron de sentirse consternados. Estaban ya por la tercera generación desde que abandonaron sus montañas cuando tuvieron que aprender a hacerse abrigos gruesos de pieles; había hombres y pueblos que vagabundeaban sin la menor prisa por el mundo, pero ellos se sentían cada vez más urgidos a dar término a la búsqueda, o de otro modo pronto se convertirían definitivamente en otra cosa, y hasta olvidarían de dónde habían venido. En aquellas llanuras las gentes eran más libres y pudieron ver al fin caballos salvajes galopando. También su relincho era distinto y empezaron a sentirles simpatía, aunque los ancianos pensaban que tenía que haber algo más. Pese a su vastedad, también esas estepas estaban demasiado agitadas, y hasta les parecía escandaloso el ajetreo del tráfico. Ni la atmósfera misma encontraba reposo, y eso que podían estar meses enteros sin encontrar otra caravana. Tampoco allí se habían librado los hombres del desconcierto y la locura de los animales; la fuga de espíritus era generalizada, y tan pronto encontraban hombres rubios que se desvivían por un gavilán migratorio como daban con gentes pálidas de ojos rasgados perseguidos en sus pesadillas por un jabalí monstruoso que todo lo convertía en desierto. Ellos se miraban en silencio y sabían que hablaban de su facoquero. Si les ensañaban su piel, los otros retrocedían aterrorizados por el color fatídico y optaban por dar media vuelta. Luego encontraron otro pueblo de gentes diversas, a menudo de ojos claros, que se hacían llamar arya, nobles; más o menos, como todos. Lo que los distinguía del resto era precisamente que buscaban al caballo, y no un ejemplar cualquiera, sino el esplendoroso caballo blanco del Sol. Más incomprensible era que dijeran proceder de un hogar más allá de los hielos donde el Sol mismo brillaba de noche. En su hermosa lengua decían que sólo gracias al sacrificio del caballo podrían conseguir el retorno. ¿Y no era posible volver tranquilamente andando? No, no lo era; Una catástrofe había tenido lugar. ¿Qué clase de catástrofe? ¿A qué se había debido? Guardaban silencio, pero no era difícil imaginar que había caballo de por medio. A las claras demostraban que sólo lo querían para sacrificar, así que no era de extrañar que hubiera salido corriendo. Estaban ya por agitar las lanzas cuando uno de ellos vio los enormes y retorcidos colmillos, aún mayores que los de su bienamado y bendito elefante. Disimulando la herida de su orgullo les acecharon con preguntas sobre el animal. Los arios se lo describieron complacidos y estuvo claro que era casi exactamente lo mismo, aunque con pelo, lo cual era excusable por esas latitudes. Preguntaron luego cómo sonaba su trompa, y en esto la carcajada fue general. Dijeron que sólo barritaban lejos de los hombres para librarse de su acecho, pero que si querían verlos, no tenían más que atravesar los bosques hasta las tundras del norte. Los arios preferían ir hacia el sur, donde presumían que andaba el caballo. Ellos no dudaron un momento en seguir a su elefante hasta el extremo norte aunque le hubiera salido pelo, pero por primera vez temieron que algo pudiera ir mal, e iba creciendo la congoja. Una mujer aria decidió acompañarles como intérprete; más de una vez habían adoptado usos de la lengua ajena sin renunciar a la propia, que cada día sonaba más huérfana y extraviada por aquellos parajes. No tenían ninguna manera adecuada de nombrar aquellas luces espectrales que resplandecían en la noche interminable, ni tantas otras cosas, no siempre visibles, que abrían los pozos de su angustia. La lengua de aquellos otros hombres, pese a ser extraña, se les antojaba extraordinariamente luminosa, y además les permitía decir muchas cosas con pocas palabras, que era lo que les gustaba. La mujer blanca sólo hablaba con las otras mujeres, y luego ellas los iniciaban en los nombres y la simplicidad de aquella gramática sin tacha, perfecta: ellos sorbían ávidamente la leche de esa luz, apretaban esa ubre que los sumía en nuevas espirales vertiginosas. Pronto nacieron los primeros niños con nombres sánscritos, perfectos, y el Hijo del Antílope le puso a su hijo de nombre Rysasringa. Con el niño entraban ya en la cuarta generación; poco antes había muerto el último anciano que había contemplado las Montañas de la Luna. Sin duda la solicitud del pastoreo de la vaca, con el gran toro delante, había encendido la chispa del contacto, o así pensaban ellos para justificarse. Pero ya era imposible mantener más tiempo a las vacas, que se morían de frío, y algo tenían que hacer. Volvieron a encontrarse con grupos dispersos de arios, que traían la misma cantinela sobre el hogar perdido más allá del norte, y ahora lo entendían algo mejor, aunque las historias fueran incoherentes y los narradores poco de fiar. También ahora veían mejor la fría belleza de aquellos hombres blancos y sus mujeres; muchos de ellos parecían haber resucitado de entre las tumbas del hielo. Usaban paños negros para proteger sus ojos del efecto cegador de la nieve. Poco después, en una de esas tumbas, dieron al fin con el elefante peludo, y tras el obligado duelo y las lamentaciones le preguntaron a la mujer aria si ésa era la suerte que habían corrido todos sus congéneres allí, y más tarde, si sabía como resucitarlo. Las negativas los ponían ya al límite de la búsqueda, y volvieron a sus discusiones sobre si estaban obligados o no a buscar ese famoso caballo blanco, si es que era verdad que su voz y su aliento habían tomado el relevo. Una noche de luna llena a comienzos del verano avanzaba la caravana aprovechando la luz cuando toparon de lleno con un gigantesco nido vacío de yegua, hecho de algo parecido a vísceras. Allí el innominado terror sobrepasó el límite y los hombres perdieron el juicio. Decidieron matar todo su ganado, mujeres y niñas, para precipitar definitivamente la búsqueda, y allí mismo lo hicieron. Rysasringa, que lo vio todo, era demasiado niño para manejar la lanza. Desde aquel momento todo fue huida desesperada hacia el sur en busca de la yegua, entre el frío y el hambre más extremados, aunque muy pocos morían. Los grupos de arios seguían dudando de que se pudieran cruzar las infinitas montañas. Cuando los vieron llegar supieron inmediatamente que se había cometido algo infame, y no osaron acercárseles. También supieron que habían decidido ganarles, a ellos, la carrera del caballo, pero sobre eso permanecían tranquilos: no durarían mucho en esas condiciones. Y les dejaron que abrieran el paso de la ruta impracticable en la montaña. Allí iban los poderosos y bien pertrechados arios, con sus armas de bronce y sus carros, detrás de aquellos miserables que se arrastraban por las peñas y se alimentaban de raíces: esperando que cayera hasta el último. El nunca lo olvidaría, aunque jamás se les habría ocurrido pedir ayuda. El ya reducido grupo fue menguando inexorablemente, y hasta perdían el sentido del tiempo y el lugar cuando comprobaban que las sucesivas cadenas, valles y mesetas no terminaban nunca. Finalmente advirtieron que el clima mejoraba sostenidamente en los valles orientados al sur, y supieron que estaban salvados. Un día, desde montañas ya mucho más bajas, se abrió ante sus ojos la llanura: la verdadera, la inmensa, la que galoparía libremente aquella yegua blanca que los había adoptado. Eran siete los que quedaban, y se miraron unos a otros en silencio.

Estaban allí.

Era increíble.

Se quedaron en las primeras colinas a la vera de los contrafuertes; pronto fueron llegando los arios en nutridas oleadas, con sus propios clanes y señores. Llegaban a millares. Muchos seguían río abajo para proseguir la exploración del nuevo país, del que apenas nada conocían; otros se iban desperdigando por el lado norte de la llanura, ya que el sur parecía menos favorable, y empezaba a hacer demasiado calor. Había espacio de sobra para todos, y también ciudades a saquear: en seguida y con la práctica comenzaron a llamarse a sí mismos arrasadores de ciudades. Los nativos de aquellas regiones eran de piel oscura y pequeña nariz, y aunque la resistencia era encarnizada su aparato para la guerra era bastante despreciable, con lo que el botín parecía asegurado. Ellos, los destructores de ciudades, también querían construir su propia y pura ciudad, que nada tuviera que ver con los cimientos de las villas asoladas; pero ahí empezaban las disputas de reyezuelos y señores, no encontrando otro arbitrio que el sacrificio del caballo. Quien primero lo atrapara tendría el consentimiento de todos para el sacrificio y sería proclamado rey. Los medios para conseguirlo eran indiferentes, aunque el más socorrido fuera extender al máximo la cabalgata de los carros propios, y agrandar con los mismos caballos la malla de la trampa y la tensión de la cuerda. En cuanto a cómo podían saber de la excelencia de un determinado caballo sobre los otros, algunos brahmanes y kshatryas decían estar iniciados en el misterio: si su relincho alcanzaba una determinada nota, ya podía tener forma de burro, que se trataba sin duda del Caballo. En eso al menos desconfiaban de las apariencias, aunque nadie dudaba de que tendría un brío y una hermosura especial. Lo de que fuera de color blanco era más bien conjetura, a saber en qué fundada: en todo se querían ver indicios que atajaran la búsqueda. Rysasringa se había preguntado muchas veces qué podía tener en común una ciudad con un caballo, y se sentía cercano a algunas conclusiones.

Tras el descenso de la cordillera hubo también inacabables discusiones sobre la posible dirección de la venida del caballo. A saber por qué razón, la conclusión final fue que habría de venir por el norte, y si parecía difícil que llegara tras ellos cruzando las montañas, ya se las arreglaría para bordear la parte septentrional de la llanura, o algo parecido. Lo extraño era que por el sur no se veían caballos por ninguna parte, aunque habían tenido de grandes ciudades que debían poseerlos en abundancia. Claro que esos no podían ser caballos salvajes, los únicos que interesaban.

Rysasringa y los suyos se establecieron en las primeras estribaciones guardando el paso de la montaña: contrariamente a los arios estaban seguros de que su yegua blanca habría de venir del sur, del lado de la fuerza del Sol. A veces se decían que lo absurdo del todo hubiera sido que viniera tras ellos, aunque por otra parte no podían dejar de asociar su blancura con la de las nieves eternas o las estepas heladas mucho más allá. Lo cierto es que nunca se habían parado a sopesar argumentos, y el que fuera yegua y no caballo, era evidente por sí mismo - hasta ahí no llegaba su ignorancia. Con un poco de suerte sería grande como un elefante: montarían los siete en ella y saldrían volando por los aires.

Muchos campamentos arios se establecieron allí mismo a la orilla del río, a muy escasa distancia de su colina. No sólo les parecía un lugar propicio a la venida del caballo, también desconfiaban de la presencia de aquellos negros de nariz firme, y aunque no lo confesaran temían hondamente que algo les pudieran arrebatar. Al principio se guardaron de intentar darles muerte porque hubiera sido demasiado nefasto; luego se convencieron de que no eran ningún peligro para ellos y menos para el caballo, con el que no sabrían ni qué hacer. Pero les inquietaba y les exasperaba que conocieran su lengua, la lengua de sus himnos, ritos y sacrificios, también de sus encantamientos. Además, se adaptaban mejor que ellos a los rigores del calor del nuevo clima, que comenzaba lentamente a desquiciarlos. Entre las dudas, la espera y la sospecha fue pasando el tiempo.

Los desnarigados del país huían de los arios como de la peste, pero muchas de sus mujeres, las más hermosas, fueron tomadas como esclavas. Pronto se adoptaron muchos de sus usos por pura conveniencia: ahora eran los arios los que empezaban a advertir en sí mismos el enorme hueco por llenar, lo desesperado que se hacía mantener sus aspiraciones en la insoportable inactividad. Los grupos esporádicos que seguían bajando por la cordillera se veían en la encrucijada cuando llegaban al río: o quedarse en aquel placentero lugar a descansar indefinidamente, o continuar río abajo en busca de asequibles dominios. Ambas cosas eran tentadoras, y a menudo la elección venía dada por el calor de la estación. El reblandecimiento y la molicie se empezaban a respirar en el ambiente; algunos de los recién llegados escupían al suelo, apartaban la mirada y proseguían el descenso del río. Lo más alarmante de todo era que los guerreros comenzaban a echar sus armas de bronce en montones que iban creciendo: yelmos, escudos, corazas y espadas mezcladas indistintamente como si no tuvieran dueño. Con el sol lacerante y las aguas torrenciales un cardenillo azulado las fue cubriendo, y del cardenillo algo como herrumbre emergió después abriéndose en ronchos bermellones, carmesíes y escarlatas. Los arios nunca habían visto nada igual , y apartaban la mirada horrorizada de las armas que también parecían mirarles. Había que forjar otras, se decían, aunque nunca encontraban el momento. Otro guerrero que descendía solo en su carro les advirtió de que allí empezaban a mandar más las mujeres que los hombres, y antes de que hubiera pelea espoleó a sus caballos al levante. La susceptibilidad se fue agudizando hasta límites inimaginables, así como el ingenio para nombrar las cosas sin que se pudiera herir a nadie. Un mismo hombre, un mismo dios, empezaba a tener veinte o treinta nombres, hermosos nombres aplacadores, según lo conveniente de las circunstancias. El esplendoroso navío de los himnos se aparejaba cada vez con más meticuloso celo a medida que crecían las dudas sobre su eficacia. El culto al falo, al noble tubo erecto y resonante, pronto halló su hueco de la mano de las mujeres como auxiliar indispensable en la ruta que penetraba en lo ilimitado, que todavía echaban de menos - pues ilimitada, para ellos, no podía ser la llanura que los cercaba. Entendían las cosas a su manera: las mujeres morenas de nariz pequeña, originales conductoras del falo, aseguraban que solo naciendo en la vulva aquél penetraba en la ruta. Los arios asentían, ya sabían ellos qué había que penetrar. Pero las morenas meneaban la cabeza: los falos fundadores de ciudades eran como ellas decían, y de ninguna otra manera. Y aducían como ejemplo el toro divino de un solo cuerno. Sin embargo, ellos persistían en que bastaría con el Caballo para fundar la ciudad, esa ciudad donde la vida sería perfecta, total. Por añadidura se iban convenciendo de que aquella degradante espera iba a tener su recompensa, y que el maravilloso caballo sería suyo y no de esos locos que se iban dispersando en la llanura. En cualquier caso, adoptaron a su estilo el culto al falo con el beneplácito de los brahmanes: falos exentos, falos nimbados como huevos naciendo de sí mismos sobre las aguas.

Por aquel tiempo aparecieron las primeras mujeres rubias montadas a caballo; hacía mucho que los habían desuncido de los carros. Hermosos jóvenes andaban desnudos por el poblado y eran requeridos abiertamente. También ellas fueron prescindiendo de la ropa. Solo les faltaba el arco para semejar amazonas, aunque preferían que las armas siguieran amontonadas. Eran hijas y esposas de kshatryas y de brahmanes, pero no tenían que hacer grandes esfuerzos para ignorarlos. No todo era degeneración, y hasta se hablaba confiadamente de las nuevas virtudes a atesorar antes de que se hiciera posible la fundación de la Ciudad. Lo más extraordinario de todo era que a medida que se disolvían los lazos la idea de la pureza iba adquiriendo una nueva dimensión. Se redoblaron los himnos del culto al Soma para que se desbordara en la carne la plenitud de la inmortalidad. Se removieron todas las raíces de la tierra para recolectarlas y estrujar su jugo. Se filtraba una y otra vez en el paño de lana para despojarlo de la más mínima mácula. Se inducía al dios a descender con los más tentadores halagos y artimañas. Y cuando menos, algo de su regusto sí que descendía y se espesaba entre los hombres, y ya sólo eso era bastante.

En un solo día, siendo todavía joven, Rysasringa vio a dos mujeres: ambas blancas, ambas rubias, ambas desnudas. Salía del bosque hacia el recodo del río por un extremo del poblado; nunca se escondía de los arios aunque en absoluto tratara con ellos. Fuera de la tienda y a su sombra , soberbia como una leona recién parida, yacía una mujer erguida sobre sus codos, hablándole a todo un círculo y abanicada por dos muchachos. No pudieron evitar el mirarse mútuamente con odio. Más tarde supo que su nombre era Samanta. Luego se bañó en el río , y estaba secándose sentado en la orilla cuando apareció a contraluz otra mujer completamente ajena al resplandor amable de sus miembros blancos, desnuda como un caballo recién salido del agua. Rysasringa quedó absorto mirándola y ella se acercó con ojos de traviesa, divertida incredulidad: le pasó una mano por delante de la cara y le preguntó si estaba ciego. Ella estaba encorvada sobre él, ocultando graciosamente lo poco que podía de su cuerpo; el largo pelo caía hacia delante como una cascada y una complicidad fundamental brillaba en sus ojos oscuros. Sin saber porqué volvió a recordarle a un caballo blanco. Estuvieron un rato juntos hablando sobre tonterías. Qué entrañable y extraña era esa mujer: sin duda era en todo una más de los arios, pero su faz, la inteligencia transparente en la mirada, la nariz pequeña de niña, eran inconfundiblemente nativos del lugar. Santa era cortesana, aunque no se molestó en explicárselo. Vivía siempre fuera de los campamentos, y a veces se iba en alguno de los carros a otros poblados más alejados. Andando, también, pero siempre volvía por allí. En realidad era la única persona en toda la región que disfrutaba de algo parecido a la libertad , y desde luego que se notaba en la gentil franqueza de su trato. También era la única persona que andaba a solas por la llanura al sur del río, y mantenía un contacto cierto y estrecho con los nativos desnarigados. No olvidaría Rysasringa aquellos ojos gozosos, los indómitos ríos de misericordia que destilaban consteladas sus pupilas, aquella mirada única en la que de golpe se había sentido conocido. Allí, en el claro del bosque sobre la colina, vivió enlazado muchos años con su sueño.

Los siete tenían diversos grados de contacto con los nativos; intentaron tener hijos con sus mujeres, pero Rysasringa sospechaba que aquello no podía resultar. Y en efecto, no sólo no tuvieron ninguna descendencia sino que fueron muriendo uno tras otro. Rysasringa quedó finalmente solo. Incluso los nativos dejaron de acercársele, aunque siguieron intercambiando noticias en casos de necesidad.

Rysasringa miraba desde su collado buscando siempre a Santa; por allí andaba ella sola , cabrioleando por entre los campamentos, merodeando en los márgenes de la ribera, como si algo la mantuviera indecisa. Era la favorita de todos, respetada y celebrada, pues nadie, y menos quienes recibían sus favores, quería mancillar lo que aquella mujer tenía de inasible, esa libertad inconquistable, cierta obsequiosa y sagrada invulnerabilidad. Las mujeres del campamento la odiaban. A Santa la llamaban los hombres de muchas maneras, puesto que ningún nombre podía abarcar el manantial riente de su hermosura: la llamaban Ananda, la llamaban Govinda, placer de los sentidos y de las vacas; la llamaban Tara y Uttara, la llamaban Sura, la llamaban Karuna. La llamaban Aditi, la resplandeciente. Para Rysasringa era simplemente Santa, y no necesitaba más nombres, aunque todos le sentaban bien. Sin embargo, por el motivo que fuese, no volvió a coincidir con Santa. Inmenso era el anhelo de ir corriendo tras ella: cruzarían juntos la llanura y lo dejarían todo atrás. Otras veces imaginaba absurdamente que ella vendría a la montaña para vivir juntos en la espera, aunque ya sospechara que tanto a uno como otro los detenía cierto cordel invisible. Un día la vio con un niño pequeño a la espalda; luego, con otro más de la mano, y sintió una pena sin fondo. Languidecía, aun más hermosa que nunca. Santa iría perdiendo poco a poco su amada libertad y su hermosura, entraría en el lamentable cerco acechante de rameras y hechiceras que tantas ganas le tenía. Languidecía. Que se marchara lejos de ellas, cuando menos. Las amazonas sin embargo no envejecían, y decían tener cada día más éxito en el estrujamiento del soma dador de inmortalidad, si bien su germen escapaba a todos los filtros. Finalmente Santa dejó de aparecer por los poblados, y ya no volvió nunca más.

Por aquel tiempo un nuevo mal empezó a cobrarse presa entre los hombres. Lo llamaban Kshetrya, y producía insufribles úlceras en el corazón, que luego se abrían como llagas. Alejados de la gloria del combate, morían como moscas. Las armas amontonadas comenzaron a supurar un líquido del color de la sangre corrompida, que los sabios atribuyeron a insanas exhalaciones de la tierra. De todos modos, no iban a moverse de allí. En vano se buscaron remedios y se invocaron a todos los dioses antiguos y nuevos. En la oscuridad de la noche, algo le llegaba a Rysasringa mezclado en el vapor de la leche hervida en los campamentos. Era humo; humo no de la leña, sino de la leche. Algo en ella se quemaba, algo se quemaba en el placer y el horror de las madres que a él también le abrasaba la fibra más sutil del corazón; pero él nada podía hacer. Para alejar ese humo, quemaba leña húmeda, mojada incluso, de la orilla de los arroyos. Nadie era capaz de hacer tal cosa, y pronto corrieron los rumores entre los desnarigados de que Rysasringa era el hombre medicina, el hombre que sólo para sí mismo no tenía remedio. Los arios en cambio únicamente vieron un peligro nuevo y una nueva amenaza, pues un hombre así podía incendiar él solo los bosques enteros y los prados.

Fue entonces cuando Rysasringa comenzó a notar que se estaba quedando ciego. Aquello estaba durando demasiado tiempo, y él mismo se había repetido muchas veces que ya no deseaba ver nada de eso. Con todo nadie se dio cuenta de su ceguera, ni si quiera cuando ésta se hizo total. Aquello no le produjo desesperación, aunque si otros se enteraban tal vez pudiera darse por muerto. También a él se le había aproximado insistente la idea de darse muerte, pero no lo podía tolerar: aunque pudiera disponer de su vida, sabía muy bien que no le pertenecía. Tenía además la luz de la lengua de los arios, que no había olvidado: dentro de la noche perpetua en él encajaba ella su concierto, y su claridad aumentaba hasta que le pedía enmudecer y se la llevaba consigo al silencio. Y veía a Santa recostada sobre él, mirándole fijamente desde la verdad profunda de sus ojos dulces; y desde más al fondo, era un niño el que miraba; y desde más allá, era otra cosa, y era la invitación al no ser, más dulce y pura todavía - jamás tendría esa trasparencia ninguna noche ni ninguna ceguera. En eso podría al menos persistir.

Algunas noches sonaban los tambores de los desnarigados; no le molestaba, aunque su gente nunca había necesitado instrumentos ni música para bailar. El batir del corazón encontraba la respuesta inmediata de la tierra, hasta que la tierra misma tenía que decir basta con sus retumbos. Le parecía inconcebible que en alguna otra parte, ni siquiera en las Montañas de la Luna , pudiera quedar ya alguien como él: si no habían encontrado la nota perdida por el elefante, ni se la había traído otra yegua, pronto habrían acabado haciendo instrumentos, y cosas mucho peores. Mucho era lo que se había estrechado el mundo.

Había en el poblado una muchacha a la que habían criado sin nombre. Debía de andar por los dieciséis años, y no solo la habían privado del nombre sino también del trato. Había sido cumplidamente educada por los brahmanes lejos de cualquier mujer. Madre no se le conocía. Un cerco invisible y patente la preservaba de todo contacto con personas y labores. La llamaban impersonalmente Khanya, virgen; pero como tal palabra estaba llena de matices infaustos y peligrosos, preferían llamarla Kumara, muchacho. Por lo demás Khanya Kumara, la muchacha-muchacho, poco o nada tenía de varonil, salvo la instrucción, y aun eso con toda reserva. Pero era una joven demasiado inusual, y por algún extraño motivo el improcedente nombre de Kumara le encajaba a la perfección. Sin necesidad de que la llamaran virgen, esa repelente palabra, el hecho de estar signada ya la sofocaba de pudor. Pronto aprendió a disimularlo. Y contra la firmeza del círculo mágico que en torno a ella se había formado, ella se modeló a sí misma con un comportamiento mucho más firme, indiferente e inescrutable. No necesitaba fruncir el ceño ni lanzar miradas desafiantes para que lo notaran, y nadie le había visto hacer un mal gesto desde niña. Kumara observaba silenciosamente a Samanta y se preguntaba qué parte tendría ella en su aislamiento. Nunca lo iba a saber, aunque no se le escacapaba que era ella la que tejía y destejía en los poblados. El Kshetrya, por otro lado, seguía afectando exclusivamente a los hombres, sin que hasta el momento lo hubiera sufrido una sola mujer. A pesar de todo, seguían viniendo hordas de guerreros que al bajar de las montañas elegían precisamente ese lugar para hacer un alto. Sin contar para nada con nadie, un día Kumara decidió conocer a aquel hombre negro que vivía oculto en el bosque y sabía encender el fuego con palos de leña mojados. No era un misterio dónde se encontraba, y así se adentró sola en el bosque hasta dar con Rysasringa, que se hallaba sentado en su lugar de costumbre en el claro.

Ya por el ruido de las pisadas se dio cuenta de que no se acercaba un desnarigado. Más intrigante todavía le pareció que aquella persona no oliera absolutamente a nada, ni a leche siquiera, como olían indefectiblemente los arios. Esa persona se encontraba ahora parada frente a él, inmóvil, a quince o veinte pies solamente. Con ojos serenos la miraba tranquilamente como si la viera; lo que sí olió fue la piel de antílope que llevaba: una piel de antílope negro como la de los sacrificios. Ya había concluido que se trataba de un brahmán cuando le abordó con sorpresa la voz:

- Hay quien dice que debes ser inmortal, oh, Rysasringa, porque de otro modo hace mucho tiempo que estarías muerto. Pero yo solo veo un hombre con un taparrabos, que ni siquiera se entretiene en incendiar el bosque. Mucho me gustaría que aclararas mis dudas.

Bastante tenía con ocultar su sobresalto. ¿Qué hacía allí esa muchacha? Pero sólo quería escuchar el eco luminoso que en su oscuridad pintaba la voz, hasta la más leve brizna. Algo empezaba a distinguirla.

- Difícilmente puede morir lo que nunca ha vivido, y cuando descendimos por el valle ya sólo éramos sombras. En cuanto a ti, mucho me gustaría saber qué hace una joven como tú vestida con la piel negra del antílope del sacrificio.

- Fue un regalo especial de mis instructores los brahmanes - explicó complacida la muchacha -. Nunca me lo había puesto en el poblado, pero hoy me pareció una ocasión propicia, y ya ves lo bien que me sienta. Confío en que no te sientas ofendido ¡Oh tú, Indu!

Rysasringa veía ya a la muchacha en la voz. Era rubia también, con un matiz perlado en el cabello y la piel. Sus ojos eran entre grises, verdes y azules, maravillosamente pensativos y serios, a pesar del desenfado en sus palabras. Sí, un solo pensamiento perforaba con dolorosa hermosura esa mirada, traspasándolo a él también. Tenía un parecido notable con Santa, aunque su carne era más plena, más rotunda y menos deslumbrante: podía tocarla en la textura de su luz. También sus ojos eran más claros, y la nariz menos chata y como con un germen fundido de pura sal. Todo estaba expresamente declarado en la queda elocuencia de su tono, en la radiante sustancia de la palabra. La animó a que hablara de su origen.

-Entre los juncos del río me encontraron, bebiendo leche como los cabritos. Nunca conocí a mi madre, aunque me hicieron saber que era una muy noble dama. Escucha la historia que me contaron al respecto. Mi madre había tenido sólo niñas, y ya estaba harta de que cada vez que pariera le salieran rajitas. Ella era rubia como el Sol, aunque de nariz pequeña, y todo su deseo era tener un hijo con algo más de nariz que ella. Un día pasó por allí un águila, y mi madre le pidió que la llevara volando hasta el corazón del rey de los astros para quedarse embarazada con su semilla. El águila accedió y emprendieron el vuelo. Estaban ya llegando al disco del Sol cuando el águila comenzó a protestar, pues aunque no le molestaba la luz, el calor le resultaba insoportable. Mi madre no lo entendía porque ella estaba fresca como un loto, y le rogó que siguiera un poco más, que ya dejaría de sentir el calor. El disco del Sol les abrió alternativamente sus secretos hasta llegar al centro del núcleo en el que reina la calma y la frescura, y allí pudieron disfrutar. Solo que al águila casi se le había fundido por completo el orgulloso pico, y mi madre supo al instante que el futuro niño apenas tendría más nariz. "Tendrá la suficiente", dijo el águila, y regresaron, con tan mala fortuna que en pleno vuelo mi madre cayó al mar, y allí entre la espuma nací yo y vi la primera luz; todavía me queda en la boca un regusto medio amargo, medio salado, si bien es dulce también. Debo suponer que el águila volvió a rescatarme para dejarme finalmente entre los juncos. Por eso mi nariz es pequeña pero firme, y por eso tal vez me llaman muchacho, aunque espero que tú no albergues dudas al respecto.

Ninguna duda le cabía a Rysasringa, aunque también a él le pareciera cumplido

y perfecto para ella el nombre de Kumara. Advirtiendo el tono absolutamente controlado de su voz, que sin embargo nada velaba, comprendió así mismo que si la muchacha no olía no era porque no tuviera perfume, sino porque podía guardarlo en sí misma a voluntad. Quedó estupefacto. Algo sí que tenía masculino: era una mujer que eyaculaba. Pero no era lo mismo, evidentemente; era tan solo consecuencia del líquido que por completo la impregnaba. En aquel fluido se encontraban sin mezcla el pudor más exquisito e intenso, el placer, y la sustancia intoxicante del amor. Y ella lo miraba desde más allá de su carne inundada, anegada por el fuego líquido. Se sintió obligado a reconocerla:

- Yo te saludo, muchacha maravillosa. Tú eres perfecta, tú eres completa, tú eres Purna: tú eres el semen del Sol.

- Y tú eres Rysasringa: el primero y el único que ha reconocido mi nombre. Yo te lo agradezco, aunque prefiero que me llames Kumara. En cuanto a lo de Khanya, mejor será que lo olvidemos y dejemos de alentar intenciones impuras de las palabras. ¿Acaso la perla no está perforada desde su más íntimo centro? Sólo un necio puede pretender horadarla. Esa es mi opinión.

- ¿Por qué aceptas entonces vestirte con el ante negro del sacrificio?

- Oh, Bhurisravas, tú sabes tan bien como yo que eso es una atención, y una cortesía, y una protección. Por lo demás no le hago ningún caso a esos viejos locos de brahmanes. Uno por uno los he derrotado a todos en las disputas, hasta que han dejado de hablarme; pero tú no se lo digas a nadie.

Qué peligro tan definitivo representaba aquella encantadora muchacha: era como Kartikeya con su lanza, sin necesidad de empuñar ningún arma. Volvió a hablarle ella:

-La estrella de la mañana nos mira cada vez más maligna, Rysasringa: algo se está quemando en su luz. Deberíamos intentar algo juntos contra el Kshetrya, pero primero debo conocerlo. Yo te lo suplico, Rysasringa: dime por favor qué es el Kshetrya.

-El Kshetrya mismo es como un caballo a la carrera que solo vemos de costado; su otro lado es oscuro, y nadie lo puede ver. El Kshetrya es lo que vuelve siempre aunque lo eches; el Kshetrya es lo que siempre retorna. Nadie puede nada contra él, pero si no lo expulsas, a través del lado oscuro verás el lado luminoso: nunca al contrario. Así es.

- Pero los hombres creen ver indicios en las apariencias, creen que se puede juzgar.

- Esa es la cuestión - dijo el hombre -. Si no has visto en oscuro antes de la luz del indicio, la propia luz del indicio sólo te podrá cegar. Sobre esto nos engañamos todos los hombres -. Rysasringa le preguntó cautelosamente a la muchacha cómo andaba la búsqueda del caballo.

- Nada sé sobre eso, Indu: soy por completo ajena a esas disputas. Sólo te diré que hombres y mujeres se afanan cada día más en estrujar las primicias del soma, y disfrutar así por anticipado la gloria real que ha de traer el caballo. Pero a estas alturas sólo Samanta se preocupa por él. Otros hablan ya de la ciudad perfecta que habremos de fundar, ignorando la evidencia de que nos morimos de asco en los poblachos. Y los más dicen que nosotros mismos somos el filtro ineludible, tanto del soma como del caballo. Que así sea, si es que tiene que ser; aunque ahora que no nos oye nadie, te confesaré que estos caballos me parecen brutos harto estúpidos. Franquéame tu corazón y dime lo que opinas sobre eso. Y además ¿Qué puede tener que ver la ciudad con el caballo? Yo te escucho, Rysasringa.

- Esta claro que hasta que no se detenga el caballo no habrá fundación de la ciudad. También está claro que ha sido el caballo el que lo ha puesto todo en marcha. El secreto del caballo es que es dócil sólo a su propio corazón. Cuando lo escucha, su inteligencia se afina mucho más que un solo cabello de su crin. Del otro lado, tienes razón: nada es más estúpido que un caballo asustado, salvo el conductor que quiera llevarlo por la fuerza, que todavía es más estúpido. Aún no está nada claro si, allá por las estepas, el caballo decidió conducir al hombre o si al contrario fue el hombre el que decidió aherrojar al caballo. El caballo blanco divino irrumpirá para dirimir la relación, ya sea de fuerza, de amistad o de consentimiento. Pero tú ya sabes bien hacia donde van las cosas.

- Mucho más fina que un cabello, se dice que es la intención ¡Oh Indu! Me gustaría que supieras explicármelo, si es que en ella se dirime todo -. Planteó Kumara.

- Como la gota que colma el vaso, así está puesta la intención en el acto: no puedes calcularla hasta que la copa haya rebosado. Antes es cuando deberías prevenirlo. Y antes de eso, deberías sopesar la intención - contestó el hombre.

- ¿Por qué algunos te llaman Conductor de los caballos?

- Por que no he conducido nunca uno solo -. Respondió tajante Rysasringa.

- ¿Qué es aquello que ni se embrida ni se encabrita, y que pasando por lo más estrecho se hincha, respira en su propia gloria y relincha?

- Tú y yo lo sabemos, Kumara; esas son magníficas palabras propiciatorias. Pero no se lo digas a otros, o te malentenderían.

- Otros dicen que todo lo malo empezó con la búsqueda del soma y del placer.

-Siempre se ha dicho que el bien y el placer se acercan al hombre, y que el que escoge el placer, malogra su destino - dijo el hombre a la muchacha.

- Tú sabes que eso son cosas de brahmanes. A mí el placer me parece extremadamente saludable, y sumamente noble su práctica a poco que esté inspirada, aunque haya otras muchas cosas, algunas, tal vez, mejores. Además quita muchas penas y refresca el corazón, lo que no es poco, con lo que tenemos. ¿Cómo podríamos hacer una ciudad perfecta si excluyéramos de ella el cultivo del deleite y el placer? ¿Acaso la virtud y el placer se excluyen? ¿Y qué me dices del soma supremo, dador de la inmortalidad? ¿Por qué habrían de estar reñidos el esplendor de este mundo con la gloria eterna del otro?

- Sin duda que no están reñidos, puesto que son uno solo. Muchos, sin embargo, prefieren imaginarlos apartados todo lo posible, y cuando les conviene, vuelven a imaginar que los han juntado. Sucede en realidad que cuando los apartan, al menos los unen un poco, pero cuando pretenden mezclarlos los separan definitivamente. Algo de eso debe de estar ocurriendo. El placer ya no respira, y el soma se retira a su propia herida, que ellos no conocen.

- Ellos pretenden cerrar una herida con otra herida más grande. Pero no te creas que a mí me han inventado los brahmanes; para esto, ellas tienen mucho más ingenio. Aunque te aseguro que no será en mí donde se cobren la víctima. ¿Acaso puedo yo renunciar a mi placer? ¿Acaso renuncias tú al tuyo? Con más claridad que la luz de los sentidos acaricia mi imaginación el fin de su deseo. Ellos y ellas sí que se frotan de narices contra sus fantasías. Además, puedes creerme, son unos pésimos amantes. ¿Y qué hacemos hablando del placer cuando tenemos el Kshetrya a nuestro lado? ¡Pues precisamente, Rysasringa! Yo espero que no te enfades.

La muchacha comenzó a dar pensativos pasos delante de Rysasringa; hasta entonces había permanecido casi inmóvil y en absoluta alerta. No eran pasos normales, ni la tierra los acusaba en lo más mínimo; aquellos miembros tan perfectamente educados, tan conscientemente controlados, tenían la ondulación sin compás del cisne, y Rysasringa no pudo evitar pensar cuánto le gustaría enseñarla a bailar, pisando de verdad la tierra. Ahora podía imaginarla, sentirla, verla, casi con total acuidad. Entonces reparó en un detalle que le pareció ciertamente sorprendente: no resplandecía la frente de aquella mujer tan completamente ahormada y acabada, de aquella mujer a la que nada se le podía añadir. Rysasringa se acordó de la frente radiante de Santa, decididamente niña a pesar se ser mucho mayor, y pensó en lo misteriosa que podía llegar a ser la belleza, por más diáfana que se mostrara. Kumara volvió a hablar:

- ¿Tú crees que todo esto haya podido venir porque un corro de mujeres deseen putañear a sus anchas? A mí me parece imposible. Sin duda algo están tramando los dioses contra nosotros, y distraen nuestra atención cuando más la necesitamos. Quieren perdernos, y velan más allá de la noche para que no les arrebatemos lo suyo. Del otro lado, queremos estar con ellos y contra ellos, y así se ríen de nosotros. Y tú, Rysasringa, no comprendo porqué no te has construido arcos y flechas para dominar desde tu montaña la noche y surcar de vigilia sus sueños. Tú mismo entero puedes entrar en sus sueños como asta florida en el vellón. ¿Acaso no es cierto? Ahí tienes a Samanta, esa magnífica ramera: no sólo es bella, sino hermosa, aunque ella nunca podrá sospecharlo. Deberías respirar su hermosura y tomar de ella su placer. Por la mañana yo contemplaré el temblor de sus ijares y el amansamiento en sus quijadas: la miraré a los ojos y me gozaré de su rubor. Ya que todo lo hemos vivido en sueños, nada cambiará en el peor de los casos; y en el mejor, tal vez ella aprenda algo.

Y con esas sorpresivas palabras de invitación, dio media vuelta y regresó por donde había venido, dejando a Rysasringa apenado con su marcha. Saliendo ya del claro se volvió y le dijo:

- Tú verás, Rysasringa. Tú volverás a ver - y reanudó su camino hacia el poblado. Se sintió herido en su orgullo, aunque también aceptó la parte de promesa de aquellas palabras. Luego se sonrió recordando las insinuaciones anteriores. Estaban más allá de la malicia o la perversidad; había incluso una desesperada honestidad de fondo. Ya sólo por eso eran atractivas, aunque no podía asentirlas: demasiado desvirtuado estaba ya todo por el sueño. Si al menos pudiera entrar en el suyo propio; eso era tan difícil como abrirse paso en la llanura.

Aquella noche el ambiente tenía una serenidad anormal, y por una vez remitían las olas de insania procedentes del poblado. Había allí mucha gente que había sufrido tanto como él, y aunque quisiera no podía odiarlos. Pero el asunto del caballo seguía siendo cosa distinta, y ahí era imposible ceder. Ni caballo ni yegua alguna necesitaban para fundar todas las ciudades que les diera la gana, y ya tendrían tiempo de perfeccionarlas si es que estaban por la labor. En cambio la Ciudad Perfecta , la ciudad bien construida y mágicamente aparecida, sólo les llegaba de memoria, y ellos se inclinaban a olvidar. Si en algún tiempo existía, no era ya el de aquellas personas, y aunque él permaneciera ajeno, no podía dejar de sentir lástima, y una añoranza distinta de su común añoranza. Pero qué podía hacerse si el cubo de la rueda estaba en el legítimo ojo de la yegua y su mirada, allí donde se separaba el fuego del agua y con acuidad extrema la aguja más fina enhebraba los riñones; de qué iban a servir si no todos los armazones y artefactos. Consideró lo diferente que era mirar los ojos de una bestia de notar que ella te miraba: según en qué animales, algo propio podía traspasarte, algo que uno nunca puede creer que esté allí. Era la misma diferencia que se daba entre salir a cazar un lobo y encontrártelo por sorpresa mirándote fijamente. Algunos no podían soportarlo y se les extraviaba el juicio. Ni buscarlo, ni encontrarlo: que eso te saliera al encuentro era lo que no se podía asimilar. A la cacería se había llegado, desde la caza.

Se durmió pensando en el oro niño del que le había hablado su padre, y en el pálido sol de las estepas del norte.

A la mañana siguiente Kumara retornó al claro del bosque; estaba alegre y complacida, venía para quedarse. Ella misma se quitó los brazaletes y ajorcas que había llevado desde siempre en el poblado. Las tiró a la fuente. Y allí mismo, en torno a la gran estaca que Rysasringa había clavado cuando al llegar allí decidió quedarse, comenzaron a girar en esa su extraña danza. Ni ciervos, ni monos, ni loros; ningún animal del bosque hubiera sospechado nunca qué hacían aquella mujer y aquel hombre dando vueltas y más vueltas enfrentados, mirándose o tal vez viéndose, siempre con el poste por testigo. Ningún temblor inoportuno perturbó el dulce sueño ondulante de las flores rituales; nada se enredó, ni nada fue desenredado.

Tras muchos días Rysasringa comenzó a ver, y ni en lo más leve hirió la luz sus ojos. Allí estaba Kumara, exactamente como siempre la había conocido. Tampoco brillaba su frente, y no hacía falta, porque así debía ser. Se despidió de él contenta y encaminó sus pasos de vuelta hacia el poblado oyendo la respuesta de la tierra, conocedora de lo que allí le esperaba. En cuanto llegó a las tiendas salió a su paso Samanta y le preguntó sin más preámbulos si seguía siendo virgen. Kumara contestó que ni había sido nunca virgen, ni ahora había dejado de serlo. Entonces se desgarró la ira de Samanta, que ordenó el descuartizamiento de Kumara. Le pusieron un paño negro en los ojos porque no soportaban su mirada y fue atada a los caballos. Un instante antes de ser arrancada por el tirón, resplandeció su frente, aunque nadie lo pudo ver. Esto fue lo que vieron: que su sangre no quiso bañar la tierra y se refugió en los miembros de Khanya Kumara, dislocados como los de una rota muñeca. Se prepararon para lo peor, y ahuyentaron los caballos.

 

Samantapanchaka

Una de las partes de Kumara llegó hasta el bosque de Rysasringa, que supo que todo se precipitaba. La iracundia del demonio del Sol se estaba desencadenando, y un calor aún más espantoso comenzó a desolar la llanura aplastándola hasta que llegara el humo. Vinieron unos desnarigados con malas noticias: Santa había muerto, sola al parecer, en un lugar llamado Samantapanchaka. Ese lugar estaba muy adentrado en el sur, y era conocido por algunos arios, que lo veneraban. ¿Qué había ahora allí? Con seguridad, nada más que desierto. Decidió partir, él que en todos esos años no había salido de las inmediaciones. Miró su escudo y su lanza, que jamás habían conocido el choque del combate contra los hombres, y juzgó que ya era tiempo de olvidarlos. Cuando bajó se dio cuenta de que algo inusual ocurría en los poblados, pues había gente hablando fuera de las tiendas incluso a pleno sol. El caballo estaba allí. Había llegado el gran caballo blanco. Por primera vez en su vida, aquellos hombres le dirigieron la palabra. No podían contener los aires de triunfo; para muchos, era la única batalla que habían ganado. Pero había demasiada incredulidad, a pesar del general enfebrecimiento. El caballo, que resultó ser efectivamente yegua, había venido solo desde el sur, y aún no había relinchado, a pesar de que era evidente que se trataba de él. Más increíble todavía, había llegado con un paño negro en los ojos, tan absolutamente dócil, que nadie había osado embridarlo, y tocarlo, ni siquiera apenas. No hubo la menor gloria ni correría; tampoco hubo de hecho captura, ya que el animal se dejó conducir de viva voz hacia la tienda exclusiva que desde hace tanto le tenían preparada, y allí en la oscuridad estaba ahora. Todo había sucedido al contrario de lo esperado.

A Rysasringa se le agolpaban las ideas en la cabeza. Algunos brahmanes estaban diciendo que si no había ninguna resistencia tampoco era lícito el sacrificio, y otros, kshatryas, decían que más que ser ilícito lo que no tenía era sentido. Pero allí en medio ya estaba Samanta, que afirmaba categóricamente que no hacía falta ningún sacrificio, que bastaba con que la divina bestia fuera ritualmente montada y embridada: y nadie era mejor que ella para eso. Rysasringa se dirigió a Samanta y pidió que le dejaran ver la yegua, y como ella se negara les dijo a todos que en realidad no tenían el menor indicio de que fuera el auténtico caballo, y la prueba concluyente era que ni siquiera habían escuchado su relincho. El podía sacarlos de dudas, si por algo lo llamaban conductor de los caballos. Ante la renuencia general, les aseguró y prometió que abandonaba para siempre su puesto en la montaña y emprendía el viaje al sur en busca de noticias de Santa. Samanta, que de nada estaba segura, le exigió como condición que renunciara solemnemente a hacer fuego con la leña mojada. Así lo prometió Rysasringa, que no tenía problema en concederlo puesto que ya no pensaba volver. Finalmente lo dejaron entrar en la tienda de la cuadra, y a solas, como él exigió. Dentro, en la oscuridad, su gran nebulosa blanca apenas se veía, como si ella misma estuviera a espaldas de la luz. Había un olor a establo maravillosamente dulce y materno. Rysasringa, que no quería ver los ojos de la yegua, le apartó un poco el pañuelo para juntar su frente con su frente y abrazar entera su cabeza. Luego salió y fue interpelado sobre la autenticidad del caballo. Prefirió dejarlos con las dudas: estaba claro que aquella yegua era muda, y que sólo al contemplar sus ojos podrían imaginar como debería haber sonado. Les encareció que no le descubrieran el velo antes de ejecutar el rito, cualquiera que fuese el que le tuvieran preparado. La luz podría matarla, tan sensibles y débiles eran sus ojos. Por último le dijo a Samanta que puesto que abandonaba su puesto en la montaña, ningún sitio sería más adecuado para el rito: ya verían con qué gusto consentía la yegua. Sabía que semejante tentación, Samanta no podría resistirla. Luego se volvió y emprendió camino hacia Samantapanchaka: su larga y negra espalda fue lo último que vieron de él.

La llanura estaba ardiendo, o al menos la arena crepitaba. Ellos estarían días enteros discutiendo todavía cómo hacerse con la virtud del caballo antes de remedar la componenda. Llegaría él a Samantapanchaka antes de que eso sucediera. Fue atravesando las dunas hasta llegar al puro desierto de un color anaranjado como el cinabrio, donde la violencia de las vaharadas del aire ni si quiera producía espejismos. Finalmente divisó una suave elevación como una pequeña meseta aplanada, y ascendió por ella. Estaba en Samantapanchaka, y allí no había nada, salvo un ojo de agua con una solitaria palmera. Se detuvo. Eran aguas sulfurosas, absolutamente limpias. Recordó a aquella mujer, se imploró a sí mismo el nombre de Santa. Vio de nuevo la laguna azul oscuro de sus ojos, aquel fulgor de la sangre más allá de la luz y de la savia. Bebió con sus manos el agua. Nunca se había detenido en su imagen, nunca en su vida había contemplado su reflejo sobre las aguas ni lo había aceptado como suyo. Su padre le advirtió una vez de que consentir en ello era peor que morir, pues se perdía la mitad de uno mismo. No le iba a dar a las aguas el dudoso placer de que se creyeran él: pasaría por este mundo sin dejar si quiera ese rastro. Estaba amaneciendo, la luna se ponía y el lucero del alba destellaba por un día favorable. Miró directamente a las aguas a través de su figura y vio el poste incruento del sacrificio con la estrecha mirada de la yegua. Estaba en el claro y le acababan de quitar la venda de los ojos. Se dio media vuelta y contempló la mirada extraviada de los oficiantes, de todos los hombres y mujeres allí reunidos. Miradas estúpidas y ausentes sobre las que ya había caído el fatal velo de la niebla. Raudas las cruzó a todas llevándose consigo las buenas intenciones. Rysasringa volvió sus ojos por última vez, y fue tan inmensa su dicha junto al caballo que galopaba ya libremente en la llanura.

Fue tan inmensa, que lo mató.

 

 

Extraido del libro "La Hija del Capitán Starbuck" (Hurqualya). Ed. Biblioteca Nueva.
Autor: Miguel Iradier.

             
"En algún lugar de tu tierra trazan sus sombras los jardines de Hurqualya".
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