< El VISITANTE>

El visitante nocturno condujo su coche a través del desierto de Nuevo Méjico; puede que no pasara tan lejos de aquel Solar Trinidad donde estalló la primera bomba atómica. Lo único que vi de él fueron sus manos negras al volante.

Necesitaba una explicación plausible para aquella inverosímil teoría, que partía la realidad por en medio y le dejaba a uno con un pie en cada lado y la cabeza en ninguno. La carretera acababa en un destartalado rancho. Los caballos dormían tras la cerca, pero no se advertían rastros de vida en la casa. Llamó a la puerta varias veces y al no obtener ni un ruido de respuesta decidió entrar. En la habitación del fondo había una débil luz: allí la encontró perdida entre sus fantasmas. El visitante se excusó y le dijo quién era.

La pálida mujer cortaba una cinta con tijeras mientras el viejo proyector fusilaba la pared con claroscuros incoherentes; le preguntó si sabía cómo funcionaba un proyector cinematográfico. El le contestó la acostumbrada vaguedad de las veinticuatro imágenes por segundo y el efecto de la persistencia de la imagen en la retina. Entonces ella le preguntó si sabía cómo conseguía el proyector que no se confundieran las imágenes en un emborronado continuo, y, tras pensarlo un poco, se dio cuenta de que nunca se había parado a pensar en cuál podía ser el truco. No se le ocurrió una respuesta.

Ella puso una cinta en el proyector con un ancho de veinticuatro milímetros, como la de los primeros tiempos. Era una reproducción posterior del primer experimento de Muybridge y Leland Stanford sobre el movimiento de las patas del caballo. Le explicó la historia. El gobernador de San Francisco y fundador del ferrocarril central del Pacífico, estaba convencido de que los pintores no habían reflejado el movimiento real de los remos al galope, y que en algún momento los cuatro cascos del caballo, y no sólo tres, debían encontrarse en el aire si es que realmente el jinete se sentía volar. Contrató al inventor y fotógrafo inglés Muybridge y diseñaron un circuito con veinticuatro cordeles que al ser cruzados por el caballo dispararan otras tantas cámaras en el intervalo y secuencia necesarias. El futuro senador de California resultó estar en lo cierto, y el cine casi ultimado para su invención.

La mujer abrió la carcasa del proyector, y le mostró porqué las imágenes en movimiento no se emborronaban: cada fotograma permanecía inmóvil mientras la fuente de luz lo atravesaba. Estático, anclada la rueda por el cuarto de la cruz de Malta, que le recordó al hueso del astrágalo que une la pezuña con la pata. Tras un instante de inmovilidad, el obturador cerraba la luz cuando la cinta volvía a moverse, cruzaba la banda oscura de separación y se anclaba centrada en el siguiente fotograma para que el obturador se abriera de nuevo. Tenía que estar inmóvil cuando se veía el fotograma, tenía que estar a oscuras cuando la cinta se movía. Eso era todo, el acto y la sustancia del sueño.

Ella le pidió un favor. Ahí fuera, separada del resto, había una yegua blanca que nadie había montado. Le dijo que abriera la cerca y la dejara en libertad. El hombre debió pensar que aquello era absurdo: ¿Qué suerte podía esperarle a un caballo salvaje en el mundo de ahí afuera? ¿Cuántas horas? ¿Qué ventura? ¿Qué le impedía hacerlo a ella? Pero la mujer ya no quiso hablar de nada y quedó más absorta que nunca.

El visitante salió de la casa y caminó hacia los caballos. Muy pronto llegaría el alba del día. Por un momento pensó que aquello que iba a hacer ahora era la contrapartida a la explicación que le debían, pero luego admitió que en realidad no tenía derecho a explicación alguna, y que soltar ese caballo era el verdadero privilegio. Abrió la puerta de la cerca, la pared quedó en blanco y cesó el ruido del proyector.

Extraido del libro "La Hija del Capitán Starbuck" (Hurqualya). Ed. Biblioteca Nueva.
Autor: Miguel Iradier.

 
             
"En algún lugar de tu tierra trazan sus sombras los jardines de Hurqualya".
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